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17 jul 2007

Las Palabras y las Cosas - Cap. I

Capítulo 1- LAS MENINAS

El pintor está ligeramente alejado del cuadro. Lanza una mirada sobre el modelo; quizá se trata de añadir un último toque, pero también puede ser que no se haya dado aún la primera pincelada. El brazo que sostiene el pincel está replegado sobre la izquierda, en dirección de la paleta; está, por un momento, inmóvil entre la tela y los colores. Esta mano hábil depende de la vista; y la vista, a su vez, descansa sobre el gesto suspendido. Entre la fina punta del pincel y el acero de la mirada, el espectáculo va a desplegar su volumen.


Pero no sin un sutil sistema de esquivos. Tomando un poco de distancia, el pintor está colocado al lado de la obra en la que trabaja. Es decir que, para el espectador que lo contempla ahora, está a la derecha de su cuadro que, a su vez, ocupa el extremo izquierdo. Con respecto a este mismo espectador, el cuadro está vuelto de espaldas; sólo puede percibirse el reverso con el inmenso bastidor que lo sostiene. En cambio, el pintor es perfectamente visible en toda su estatura; en todo caso no queda oculto por la alta tela que, quizá, va a absorberlo dentro de un momento, cuando, dando un paso hacia ella, vuelva a su trabajo; sin duda, en este instante aparece a los ojos del espectador, surgiendo de esta especie de enorme caja virtual que proyecta hacia atrás la superficie que está por pintar. Puede vérsele ahora, en un momento de detención, en el centro neutro de esta oscilación. Su talle oscuro, su rostro claro son medieros entre lo visible y l0 invisible: surgiendo de esta tela que se nos escapa, emerge ante nuestros ojos; pero cuando dé un paso hacia la derecha, ocultándose a nuestra mirada, se encontrará colocado justo frente a la tela que está pintando; entrará en esta región en la que su cuadro, descuidado por un instante, va a hacerse visible para él sin sombras ni reticencias. Como si el pintor no pudiera ser visto a la vez sobre el cuadro en el que se le representa y ver aquel en el que se ocupa de representar algo. Reina en el umbral de estas dos visibilidades incompatibles.

El pintor contempla, el rostro ligeramente vuelto y la cabeza inclinada hacia el hombro. Fija un punto invisible, pero que nosotros, los espectadores, nos podemos asignar fácilmente ya que este punto somos nosotros mismos: nuestro cuerpo, nuestro rostro, nuestros ojos. Así, pues, el espectáculo que él contempla es dos veces invisible; porque no está representado en el espacio del cuadro y porque se sitúa justo en este punto ciego, en este recuadro esencial en el que nuestra mirada se sustrae a nosotros mismos en el momento en que la vemos. y sin embargo, ¿cómo podríamos evitar ver esta invisibilidad que está bajo nuestros ojos, ya que tiene en el cuadro mismo su equivalente sensible, su figura sellada? En efecto, podría adivinarse lo que el pintor ve, si fuera posible lanzar una mirada sobre la tela en la que trabaja; pero de ésta sólo se percibe la trama, los montantes en la línea horizontal y, en la vertical, el sostén oblicuo del caballete. El alto rectángulo monótono que ocupa toda la parte izquierda del cuadro real y que figura el revés de la tela representada, restituye, bajo las especies de una superficie, la invisibilidad en profundidad de lo que el artista contempla: este espacio en el que estamos, que somos. Desde los ojos del pintor hasta lo que ve, está trazada una línea imperiosa que no sabríamos evitar, nosotros, los que contemplamos: atraviesa el cuadro real y se reúne, delante de su superficie, en ese lugar desde el que vemos al pintor que nos observa; este punteado nos alcanza irremisiblemente y nos liga a la representación del cuadro.


En apariencia, este lugar es simple; es de pura reciprocidad: vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla un pintor. No es sino un cara a cara, ojos que se sorprenden, miradas directas que, al cruzarse, se superponen. Y, sin embargo, esta sutil línea de visibilidad implica a su vez toda una compleja red de incertidumbres, de cambios y de esquivos. El pintor sólo dirige la mirada hacia nosotros en la medida en que nos encontramos en el lugar de su objeto. Nosotros, los espectadores, somos una añadidura. Acogidos bajo esta mirada, somos perseguidos por ella, remplazados por aquello que siempre ha estado ahí delante de nosotros: el modelo mismo. Pero, a la inversa, la mirada del pintor, dirigida más allá del cuadro al espacio que tiene enfrente, acepta tantos modelos cuantos espectadores surgen; en este lugar preciso, aunque indiferente, el contemplador y el contemplado se intercambian sin cesar. Ninguna mirada es estable o, mejor dicho, en el surco neutro de la mirada que traspasa perpendicularmente la tela, el sujeto y el objeto, el espectador y el modelo cambian su papel hasta el infinito. La gran tela vuelta de la extrema izquierda del cuadro cumple aquí su segunda función: obstinadamente invisible, impide que la relación de las miradas llegue nunca a localizarse ni a establecerse definitivamente. La fijeza opaca que hace reinar en un extremo convierte en algo siempre inestable el juego de metamorfosis que se establece en el centro entre el espectador y el modelo. Por el hecho de que no vemos más que este revés, no sabemos quiénes somos ni lo que hacemos. ¿Vemos o nos ven? En realidad el pintor fija un lugar que no cesa de cambiar de un momento a otro: cambia de contenido, de forma, de rostro, de identidad. Pero la inmovilidad atenta de sus ojos nos hace volver a otra dirección que ya han seguido con frecuencia y que, muy pronto, sin duda alguna, seguirán de nuevo: la de la tela inmóvil sobre la cual pinta, o quizá se ha pintado ya hace tiempo y para siempre, un retrato que jamás se borrará. Tanto que la mirada soberana del pintor impone un triángulo virtual, que define en su recorrido este cuadro de un cuadro: en la cima -único punto visible- los ojos del artista; en la base, a un lado, el sitio invisible del modelo, y del otro, la figura probablemente esbozada sobre la tela vuelta.


En el momento en que colocan al espectador en el campo de su visión, los ojos del pintor lo apresan, lo obligan a entrar en el cuadro, le asignan un lugar a la vez privilegiado y obligatorio, le toman su especie luminosa y visible y la proyectan sobre la superficie inaccesible de la tela vuelta. Ve que su invisibilidad se vuelve visible para el pintor y es traspuesta a una imagen definitivamente invisible para él mismo. Sorpresa que se multiplica y se hace a la vez más inevitable aún por un lazo marginal. En la extrema derecha, el cuadro recibe su luz de una ventana representada de acuerdo con una perspectiva muy corta; no se ve más que el marco; si bien el flujo de luz que derrama baña a la vez, con una misma generosidad, dos espacios vecinos, entrecruzados, pero irreductibles: la superficie de la tela, con el volumen que ella representa ( es decir, el estudio del pintor o el salón en el que ha instalado su caballete) y, delante de esta superficie, el volumen real que ocupa el espectador ( o aun el sitio irreal del modelo) .Al recorrer la pieza de derecha a izquierda, la amplia luz dorada lleva a la vez al espectador hacia el pintor y al modelo hacia la tela; es ella también la que, al iluminar al pintor, lo hace visible para el espectador, y hace brillar como otras tantas líneas de oro a los ojos del modelo el marco de la tela enigmática en la que su imagen, trasladada, va a quedar encerrada. Esta ventana extrema, parcial, apenas indicada, libera una luz completa y mixta que sirve de lugar común a la representación. Equilibra, al otro extremo del cuadro. la tela invisible: así como ésta, dando la espalda a los espectadores, se repliega contra el cuadro que la representa y forma, por la superposición de su revés, visible sobre la superficie del cuadro portador, el lugar -inaccesible para nosotros- donde cabrillea la Imagen por excelencia, así también la ventana, pura abertura, instaura un espacio tan abierto como el otro cerrado; tan común para el pintor, para los personajes, para los modelos, para el espectador, cuanto el otro es solitario (ya que nadie lo mira, ni aun el pintor) .Por la derecha, se derrama por una ventana invisible el volumen puro de una luz que hace visible toda la representación: a la izquierda, se extiende, al otro lado de su muy visible trama, la superficie que esquiva la representación que porta. La luz, al inundar la escena (quiero decir, tanto la pieza como la tela, la pieza representada sobre la tela y la pieza en la que se halla colocada la tela) , envuelve a los personajes ya los espectadores y los lleva, bajo la mirada del pintor, hacia el lugar en el que los va a representar su pincel. Pero este lugar nos es hurtado. Nos vemos vistos por el pintor, hechos visibles a sus ojos por la misma luz que nos hace verlo. Y en el momento en que vamos a apresarnos transcritos por su mano, como en un espejo, no podemos ver de éste más que el revés mate. El otro lado de una psique.


Ahora bien, exactamente enfrente de los espectadores -de nosotros mismos- sobre el muro que constituye el fondo de la pieza, el autor ha representado una serie de cuadros; y he allí que entre todas estas telas colgadas hay una que brilla con un resplandor singular. Su marco es más grande, más oscuro que el de las otras; sin embargo, una fina línea blanca lo dobla hacia el interior, difundiendo sobre toda su superficie una claridad difícil de determinar; pues no viene de parte alguna, sino de un espacio que le sería interior. En esta extraña claridad aparecen dos siluetas y sobre ellas, un poco más atrás, una pesada cortina púrpura. Los otros cuadros sólo dejan ver algunas manchas más pálidas en el límite de una oscuridad sin profundidad. Éste, por el contrario, se abre a un espacio en retroceso donde formas reconocibles se escalonan dentro de una claridad que sólo a ellas pertenece. Entre todos estos elementos, destinados a ofrecer representaciones, pero que las impugnan, las hurtan, las esquivan por su posición o su distancia, sólo éste funciona con toda honradez y deja ver lo que debe mostrar. A pesar de su alejamiento, a pesar de la sombra que lo rodea. Pero es que no se trata de un cuadro: es un espejo. En fin, ofrece este encanto del doble que rehúsan tanto las pinturas alejadas cuanto esa luz del primer plano con la tela irónica.


De todas las representaciones que representa el cuadro, es la única visible; pero nadie la ve. De pie al lado de su tela, con la atención fija en su modelo, el pintor no puede ver este espejo que brilla tan dulcemente detrás de él. Los otros personajes del cuadro están, en su mayor parte, vueltos hacia lo que debe pasar delante -hacia la clara invisibilidad que bordea la tela, hacia ese balcón de luz donde sus miradas ven a quienes les ven, y no hacia esa cavidad sombría en la que se cierra la habitación donde están representados. Es verdad que algunas cabezas se ofrecen de perfil: pero ninguna de ellas está lo suficientemente vuelta para ver, al fondo de la pieza, este espejo desolado, pequeño rectángulo reluciente, que sólo es visibilidad, pero sin ninguna mirada que pueda apoderarse de ella, hacerla actual y gozar del fruto, maduro de pronto, de su espectáculo.


Hay que reconocer que esta indiferencia encuentra su igual en la suya. No refleja nada, en efecto, de todo lo que se encuentra en el mismo espacio que él: ni al pintor que le vuelve la espalda, ni a los personajes del centro de la habitación. En su clara profundidad, no ve lo visible. En la pintura holandesa, era tradicional que los espejos representaran un papel de reduplicación: repetían lo que se daba una primera vez en el cuadro, pero en el interior de un espacio irreal, modificado, encogido, curvado. Se veía en él lo mismo que, en primera instancia, en el cuadro, si bien descompuesto y recompuesto según una ley diferente. Aquí, el espejo no dice nada de lo que ya se ha dicho. Sin embargo, su posición es poco más o menos central: su borde superior está exactamente sobre la línea que parte en dos la altura del cuadro, ocupa sobre el muro del fondo una posición media (cuando menos en la parte del muro que vemos); así, pues, debería ser atravesado por las mismas líneas perspectivas que el cuadro mismo; podría esperarse que en él se dispusieran un mismo estudio, un mismo pintor, una misma tela según un espacio idéntico; podría ser el doble perfecto.


Ahora bien, no hace ver nada de lo que el cuadro mismo representa. Su mirada inmóvil va a apresar lo que está delante del cuadro, en esta región necesariamente invisible que forma la cara exterior, los personajes que ahí están dispuestos. En vez de volverse hacia los objetos visibles, este espejo atraviesa todo el campo de la representación, desentendiéndose de lo que ahí pudiera captar, y restituye la visibilidad a lo que permanece más allá de toda mirada. Sin embargo, esta invisibilidad que supera no es la de lo oculto: no muestra el contorno de un obstáculo, no se desvía de la perspectiva, se dirige a lo que es invisible tanto por la estructura del cuadro como por su existencia como pintura. Lo que se refleja en él es lo que todos los personajes de la tela están por ver, si dirigen la mirada de frente: es, pues, lo que se podría ver si la tela se prolongara hacia adelante, descendiendo más abajo, hasta encerrar a los personajes que sirven de modelo al pintor. Pero es también, por el hecho de que la tela se detenga ahí, mostrando al pintor ya su estudio, lo que es exterior al cuadro, en la medida en que es un cuadro, es decir, un fragmento rectangular de líneas y de colores encargado de representar algo a los ojos de todo posible espectador. Al fondo de la habitación, ignorado por todos, el espejo inesperado hace resplandecer las figuras que mira el pintor ( el pintor en su realidad representada, objetiva, de pintor en su trabajo); pero también a las figuras que ven al pintor ( en esta realidad material que las líneas y los colores han depositado sobre la tela) .Estas dos figuras son igualmente inaccesibles la una que la otra, aunque de manera diferente: la primera por un efecto de composición propio del cuadro; la segunda por la ley que preside la existencia misma de todo cuadro en general. Aquí el juego de la representación consiste en poner la una en lugar de la otra, en una superposición inestable, a estas dos formas de invisibilidad -y en restituirlas también al otro extremo del cuadro- a ese polo que es el representado más alto: el de una profundidad de reflejo en el hueco de una profundidad del cuadro. El espejo asegura una metátesis de la visibilidad que hiere a la vez al espacio representado en el cuadro ya su naturaleza de representación; permite ver, en el centro de la tela, lo que por el cuadro es dos veces necesariamente invisible.


Extraña manera de aplicar, al pie de la letra, pero dándole vuelta, el consejo que el viejo Pacheco dio, al parecer, a su alumno cuando éste trabajaba en el estudio de Sevilla: "La imagen debe salir del cuadro".
Si quieres seguir leyendo esta obra, puedes ingresar a :

16 jul 2007

Cambios en el programa




Para tenerte siempre al día visita nuestr link: "programa", http://jornadafilosofica.blogspot.com/search/label/programa, donde hemos introducido algunos cambios para este "Décimo Ciclo" de nuestras Jornadas Filosóficas.



No te pierdas este Domingo 22 la última parte de:
Michel Foucault y "Las palabras y las cosas"
a cargo del escritor dominicano César Zapata,
con la cual culminan las jornadas del noveno ciclo.

5 jul 2007

Este Domingo en las Jornadas Filosóficas:

"Las palabras y las cosas de Michel Foucault", a cargo del escritor César Zapata

Sobre "Las Palabras y las Cosas"
Publicado en 1966, empieza con una larguísima discusión de Las Meninas del pintor español Diego Velázquez, en atención a su complejo juego de miradas, ocultamientos y apariciones. De ahí desarrolla su argumento central: que todos los periodos de la historia poseen ciertas condiciones fundamentales de verdad que consituyen lo que es aceptable como, por ejemplo, el discurso científico. Foucault argumenta que estas condiciones de discurso cambian a través del tiempo, mediante cambios generales y relativamente repentinos, de un episteme a otro.

Las palabras y las cosas, profunda reflexión sobre el ser hablante, o mejor dicho ser hablado, el universo humano y la posibilidad humana de conocimiento, se inspira en la lecturas de Foucault de la obra de
Jorge Luis Borges. Les mots et les choses es una obra capital, dentro de la significativa labor intelectual de Michel Foucault, y puso al autor en el primer plano intelectual en la historia del pensamiento.

Jean-Paul Sartre criticó a Foucault como la 'última muralla de la burguesía' a propósito de esta obra de gran importancia.


Conozcamos al moderador: CÉSAR AUGUSTO ZAPATA


César en sus propias palabras...
(Fuente: Revista Vetas)
César Augusto Zapata se conoce parcialmente. Nació en julio del 58 y temprano supo que tenía problemas para asumir las conductas convencionales, pues gustaba de preguntar el porqué de las cosas. Toda su adolescencia y primera juventud se la pasó explorando las religiones orientales, para luego tomar distancia de toda búsqueda espiritual cuando muere su madre y la parca le muestra que nunca dejó de ser un sujeto con apegos, a pesar de la meditación y el filosofema.

Escuchar la Rapsodia Húngara y leer en voz alta lo hacía sospechoso de algún delirio a los ojos de los vecinos del barrio, pero recibía el apoyo de los padres con quienes vivió hasta los 28 años.

Quiso ser pintor pero no tuvo acceso a la academia y para compesar su imposibilidad de dibujar, escribió, primero aforismos y luego poemas cortos, hasta que llega al Taller Literario “César Vallejo”mientras estudiaba economía, carrera que luego cambia por psicología. Publica en edición limitada su primer libro de poemas en 1990, luego de diez años de correcciones obsesivas, sin ninguna acogida por parte de sus coetáneos que jamás lo consideraron miembro de su clan.

Marcado desde niño por la soledad (hijo único por quince años), no ha tenido seguidores y no ha seguido a nadie. Intento construir una burbuja donde vivir con algunos libros, música y una mujer pero fracaso en lo último. Ahora, libros, alguna música y recuerdos de algunas mujeres sirven de material poético. Su poesía, lo mismo que sus cuentos, son una exploración de los mundos interiores, una búsqueda permanente por reconciliarse con lo que le pertence: su seidad.

Vive esa extraña duplicidad del reconocimiento en pequeños círculos y la marginación, en parte volutaria. Desprecia la farándula literaria y al escritor que busca la fama con más fruisión que la obra. De sus duplicidades fragua una literatura cuya vertiente mistica todavía espera por su lector. Me escucho en lo que escribo.

El escritor dominicano, César Zapata, es autor de varios libros de cuentos breves y poesía, recibiendo varios premios y reconocimientos. Es además psicólogo, con estudios doctorales de la New York University.

Libros Publicados:

Acrobacias del Ser (1991), Jardín de Augurios (1995), Un Nuevo Día Ayer (1996 , Prosa), Poesía Junta 1989-1999 (1999).-

2 jul 2007

Conozcamos un poco de Paul Michel Foucault

Este domingo 8 de julio nos adentraremos en el mundo de Michel Foucault con el tema "Las palabras y las cosas"

Biografía del autor

Foucault se resistía a las biografías, argumentando por un lado la constante evolución de su personalidad y por el otro el hecho de que sus obras le daban ya una existencia pública. Solía decir: "No me pregunten quien soy y no me pidan que siga siendo el mismo".

Vida Temprana
Paul-Michel Foucault nació en 1926, en Poitiers,
Francia. Su padre, Paul Foucault, era un cirujano eminente y esperaba que su hijo siguiera sus pasos. Foucault eliminó 'Paul' de su nombre por motivos no muy claros. Su educación temprana fue una mezcla de éxitos y mediocridad hasta que ingresó en el colegio jesuita Saint-Stanislaus, en el que fue un alumno destacado. Durante este periodo, Poitiers era parte de la Francia de Vichy y después sería ocupada por Alemania. Después de la guerra, Foucault logró entrar a la prestigiosa École Normale Supérieure de París, la principal entrada a una carrera académica en Francia.

La École Normale Supérieure
La vida personal de Foucault en la École Normale Supérieure fue difícil —sufrió de agudas depresiones, e incluso intentó suicidarse. Fue llevado a un psiquiatra. Tal vez de aquí provenga su posterior fascinación con la psicología. Así que, además de su licenciatura en filosofía, también obtuvo una en psicología, de reciente creación en Francia. Ahí se involucró en el brazo clínico de la disciplina y conoció a pensadores como
Ludwig Binswanger.
Como muchos normaliens, Foucault fue miembro del
Partido Comunista Francés de 1950 a 1953. Su mentor Louis Althusser lo indujo a ingresar al partido. Salió debido a sus preocupaciones acerca de lo que pasaba en la Unión Soviética bajo Stalin. A diferencia de la mayoría de los miembros del partido, Foucault nunca participó activamente en su célula.

Sus inicios
Foucault pasó su agrégation en 1950. Tras un breve período de cátedra en la École Normale, aceptó un puesto en la Universidad de Lille, donde enseñó psicología de 1953 a 1954. En 1954 publicó su primer libro, Maladie mentale et personnalité, trabajo que desconocería más adelante. Foucault se dio cuenta rápidamente de que la enseñanza no era lo suyo y se exilió de Francia por un tiempo. En 1954 sirvió como delegado cultural de Francia en la Universidad de Uppsala, en Suecia (una posición arreglada por Georges Dumézil, quien se convertiría en amigo y mentor). En 1958 Foucault salió de Uppsala y ocupó posiciones brevemente en Varsovia y la Universidad de Hamburgo.
Foucault regresó a Francia en 1960 para terminar su doctorado y asumir un cargo en filosofía de la Universidad de Clermont-Ferrand. Ahí conoció a
Daniel Defert, con quien formó una pareja no-monógama por el resto de su vida. En 1961 obtuvo su doctorado mediante dos tesis (como se acostumbra en Francia). Su tesis 'principal' se titulaba Folie et déraison: Histoire de la folie à l'âge classique y la 'secundaria' consistía en la traducción y comentarios de Antropología desde un punto de vista pragmático de Kant. Folie et déraison fue muy bien recibida. En 1963 publico Naissance de la Clinique, Raymond Roussel y volvió a publicar su libro de 1954 (titulándolo ahora Maladie mentale et psychologie) del que también renegaría más tarde.
Cuando Defert fue enviado a Túnez para su servicio militar, Foucault consiguió un puesto en la Universidad de Túnez en 1965. En 1966 publicó Les Mots et les choses, que fue bastante popular a pesar de su dificultad y tamaño. Este libro marcó su más alto interés en el estructuralismo, y Foucault se agrupó rápidamente con intelectuales como
Jacques Lacan, Claude Lévi-Strauss y Roland Barthes para conformar la nueva ola de pensadores que destronaría a los existencialistas de Jean-Paul Sartre.
Todavía estaba en Túnez cuando estallaron las revueltas del
Mayo francés, y una revuelta local previa tuvo mucho impacto para él. En el otoño del mismo 1968 regreso a Francia y publicó L'archéologie du savoir —en respuesta a sus críticos— en 1969.

Pos-1968: Foucault el activista
Tras los eventos del Mayo Francés, el gobierno de ese país creó una nueva universidad experimental en Vincennes. Foucault se convirtió en la primera cabeza de su departamento de filosofía en diciembre de ese año, y reclutó principalmente a jóvenes académicos izquierdistas. El radicalismo de uno de ellos (
Judith Miller), provocó que el ministerio francés retirara la acreditación del departamento. En esa época Foucault fue notorio por unirse a estudiantes en tomas de facultades y en sus enfrentamientos con la policía.
La estancia de Foucault en Vincennes fue breve, ya que en 1970 fue electo al grupo académico más prestigiado de Francia, el Collège de France, para la cátedra Historia de los sistemas de pensamiento. Se involucró aún más en la política, sobre todo a raíz de que su pareja, Defert, se había unido al grupo ultra-maoísta Gauche Proletarienne, con el que Foucault tuvo una subsecuente relación distante. Foucault ayudó a fundar el Prison Information Group (Groupe d'Information sur les Prisons-GIP) para ayudar a los prisioneros a hacer públicos sus reclamos. Su politización se manifestaría en su trabajo con Surveiller et Punir(Vigilar y Castigar), que narra las micro-estructuras de poder formadas en las sociedades industrializadas a partir del siglo XVIII, especialmente en las prisiones y las escuelas.

Foucault sobre la edad del consentimiento
Artículo principal:
La ley del pudor
Michel Foucault tiene también alguna participación en la vida política. En 1977, cuando una Comisión del Parlamento Francés discutía una reforma del Código Penal Frances, él firmó una petición junto a Jacques Derrida y Louis Althusser, entre otros, pidiendo la anulación de algunos de los artículos de la ley para despenalizar todas las relaciones consentidas entre los adultos y los menores de quince años (la edad de consentimiento en Francia). El creía que el sistema penal sustituía el castigo de los actos criminales por la creación de la figura de un individuo peligroso para la sociedad (sin tener en cuenta el verdadero crimen), y predijo que vendría una sociedad de peligros, en la cual la sexualidad sería una especie de peligro errante, un “fantasma”. Enfatizó que eso sería posible gracias al establecimiento de un “nuevo poder médico”, interesado en obtener los beneficios que provienen del tratamiento de estos “individuos peligrosos”.

Sus últimos años
Para finales de los setenta el activismo político en Francia decayó, y la mayoría de los maoistas cayeron en la desilusión. Muchos de ellos voltearon 180° en sus posiciones ideológicas, y se volvieron los 'Nuevos Filósofos', quienes citaban con frecuencia a Foucault como su principal influencia. Estatus que provocaba sentimientos encontrados en Foucault. En esta época Foucault inició su obra monumental sobre La historia de la sexualidad, que nunca terminaría. Su primer volumen, La voluntad de saber, fue publicado en 1976, y tiene mucho en común con Vigilar y castigar. El segundo volumen, así como el tercero, no aparecieron sino hasta ocho años después, y sorprendieron a sus lectores por su estilo relativamente tradicional, su tema de estudio (textos clásicos griegos y latinos) y su aproximación, particularmente la concentración de Foucault en el sujeto, un concepto que había tendido a denigrar previamente. Foucault muere en París debido a una enfermedad relacionada con el SIDA en 1984.